Hay nombres que pertenecen más a un lugar que a una biografía. El de Inés Peña es, para quienes conocimos Tafí, uno de ellos. No fue solamente una mujer: fue una forma de estar en el mundo. Amiga de mis padres -y por ello también parte de esa memoria íntima que no se escribe-, Inés encarnaba algo que hoy parece extinguirse: la natural elegancia de la bondad. Su risa, inconfundible, no era un gesto social, sino una manera de iluminar. Quienes la oyeron saben que no exagero: había en esa risa algo del valle mismo, esa mezcla de aire limpio, distancia y eternidad. Pertenecía a una de esas familias que no sólo habitan una estancia, sino que la continúan. Como aquellas antiguas casas jesuíticas que resisten los siglos sin perder su nombre, Inés no era una visitante del tiempo: era parte de su permanencia. Generosa sin cálculo, amable sin esfuerzo, su presencia tejía vínculos invisibles, de esos que no se anuncian pero sostienen. Hoy, su partida podría ser llamada muerte, pero en Tafí -donde las cosas verdaderas rehúyen las palabras finales- sabemos que se trata de otra cosa. Inés ha dejado de recorrer los caminos para volverse uno con ellos. Está en la luz oblicua de la tarde, en la hospitalidad silenciosa de las casas antiguas, en la memoria que no duele porque todavía respira. Y acaso, si el valle tiene alma -como sospechamos quienes lo hemos amado-, esa alma hoy pronuncia su nombre. Lo saluda con respeto y con una nostalgia que no es tristeza, sino gratitud.

Jorge Bernabé Lobo Aragón                                                      

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